FILA SIETE

FILA SIETE

La fotografía es, ante todo, una experiencia, una vivencia que, irremediablemente, transforma al fotógrafo lenta pero insistentemente para, finalmente, modificar su estado personal y espiritual. Fotografiar es irradiar esa personalidad emocional a través de nuestra huella más íntima, más invisible y menos perceptible: nuestra vibración.

Es ahí, en ese movimiento híper personalizado, cuando la fotografía, incluso inconscientemente, es capaz de transmitir y aportar un algo intangible que el espectador no siempre sabrá distinguir ni definir. Algo así como lo no profílmico en una dimensión, como viene al caso, cinematográfica. Fotografiar es también un proceso de maduración interior que trata de sintetizar la evolución individual en una experiencia colectiva.

Cuanto más te sumerges en un mismo tema, mayor identificación enunciativa se procesa, y por ende, más compromiso se adquiere en compartir y transmitir ese aprendizaje, codificado icónicamente, hacía un público dispuesto o no a recibirlo.

Partiendo siempre de esta base tan simbólica como subjetiva y que, además, mueve todos y cada uno de mis proyectos, decido embarcarme en una trabajo (Fila Siete) que posee, de forma innata, muchas de estas peculiaridades tan universales.

Fila Siete es un cúmulo de experiencias, no siempre descriptibles, que han desembocado en un conjunto de imágenes que deberían hablar sobre crisis, economía, subsistencia patrimonial, ayudas públicas, impuestos, distribuidoras y épica empresarial.

Pero me es imposible porque el cine, en su estado más primitivo, se crea a partir de esa huella íntima que embriaga todo raciocinio y embelesa hasta al más impermeable de los románticos.

Fila Siete, desde mi mirada, se convierte en el símbolo temático de un guionista y en el clímax que imaginó noches atrás, en la carta de intenciones de un productor, en la última audición de un actor en paro o el découpage del director. Fila Siete, en definitiva, no consigue ser otra cosa que ese forillo que trata de crear esa verosimilitud que tanto nos atrae.

Porque hablar de cine, de salas de cine, a través de la fotografía, es como pedirle a una madre que sea sincera y reconozca el mal momento de su hijo sin articular una sola palabra de amor, esperanza o confianza.

En definitiva, Fila Siete, mi Fila Siete, habla de espacios mágicos que se resisten a bajar el telón porque su naturaleza épica y orgullosa no les permite otra que continuar y hacer que perdure el espectáculo. Familias completas que persisten en el sueño de Cinema Paradiso porque no entienden otra forma de vivir y compartir la vida. Si el cine es magia, estas salas son templos de ilusionismo y sus promotores magos en la sombra de los que emana esa vibración, casi imperceptible, que hace que una misma peli sepa diferente justo ahí, en la séptima fila de una sala de toda la vida.

FILA SIETE

EL LEGADO DE LA GUERRILLA

EL LEGADO DE LA GUERRILLA

“Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. Ernesto Che Guevara

¿Cómo se cura una herida abierta y supurante desde hace más de 70 años? ¿Cómo se consigue devolverle la paz a un alma inquieta y maltratada, a un espíritu cansado y defraudado? ¿Cómo se recupera el sosiego de quien ya no está, de quien murió con la mirada desencajada por ver y vivir lo que ningún ser humano debería ver ni vivir? ¿Cómo tranquilizas un lamento agudo e incesante que, además, apenas es escuchado?

Hoy no quiero hablar de política, estoy cansado. Analizo mis pensamientos y veo que cada día perdemos poder, decisión propia e incluso colectiva. Pienso en un gran gigante globalizador que se nutre de nuestra vitalidad y que cada día es más autoritario, más egoísta, más inhumano. Ahora pienso en política y ese nuevo orden mundial, no veo la diferencia. Necesito ver personas, pero no las encuentro. O le damos el poder a la política o se lo devolvemos al ser humano, a seres humanos como los que he conocido en estos últimos 14 meses con sus 24.000 Kms. Hombres y mujeres que van más allá de sus necesidades y posibilidades. Personas que, aún sin conocerlas e incluso desconociéndolas, nos han regalado parte de la libertad que hoy poseemos tan desinteresadamente. Hoy solo quiero hablar de lo realmente importante, de ellos y ellas, de sus más inmediatas necesidades, ya tan básicas. Porque olvidar a quien lo dio todo por todos a cambio de menos de nada, es mucho más que un acto de egoísmo, ¡ay, si sólo fuese eso…! Hoy recuerdo las lágrimas de Ángel Ruiz mientras contaba su cruda historia de lucha, dolor y sacrificio, o cómo Jerónimo Barquero ha sido capaz de pasar 12 años en prisión tras años de injusticias y tan solo levantar la voz por aquello que cree justo, sin exageraciones ni añadidos (qué difícil es esto hoy en día, donde todo se pregona y se magnifica recién salido del horno), o la mirada cansada de Camilo de Dios, ya agotado y desilusionado después de toda una vida dándolo todo. Recuerdo la calidez y el cariño de Gonzalo Cuallado, de Cinta Caelles, personas capaces de abrir su corazón a cambio de nada, o el espíritu luchador (algo común en todos) de Jesús de Cos, de su mirada penetrante y segura, o el incesante agradecimiento de Lucas, hijo de Severo, capaz de hablar de mi trabajo como de un favor personal hacia él. O la predisposición fuera de tiempo (ya todo queda fuera de tiempo) de Dionisio Guillén, o el talante y honor de Félix Pérez, agasajado por una gran familia que le quiere y le honra.

Cómo olvidar ese sentido del humor y afecto de Francisco Blancas, trístemente fallecido el 8 de enero de 2011 (siempre recordaré a esta persona). No se puede tampoco ser indiferente ante la ternura de Ángela Losada y su marido, a la vez que su corazón se resquebrajaba, una vez más, al recordar a su madre, o la atención de Claudina Prada y su hermano Camilo, que durante la sesión de fotos casi parecía que se hallaban en mi casa y no en la suya propia. Es imposible olvidar el recibimiento de Fernando Escrivá y su mujer Isabel, o la fraternal despedida de María, Encarnita y Elena Soriano, que antes de irme me obligaron a coger veinte euros para gastarlos en comida para el viaje, y eso que apenas las había conocido una hora antes. Es tremendo ver cómo se abren los más que dignos brazos de Felipe Matarranz, que prácticamente te pone una alfombra roja, sin darse cuenta de que el homenajeado debe ser él, es él y no yo, por supuesto. No es posible olvidarse del desapego de Bonifacio, de su mirada sola y triste. Es injusto ver gente tan valiosa y tan olvidada, no solo históricamente. Recuerdo con agrado esas judías en bote de Francisco Molina, yo debía haberle llevado esas conservas y no al revés, o la impactante personalidad de Carmen Delgado a la que despedía con mi respeto multiplicado por diez mil. Pienso en la potente personalidad y sacrificio de Esperanza Martínez y su hermana Amada, toda disponibilidad, o por supuesto, la incesante voluntad de Bienvenido Manuel Tejero, necesitado de hablar y de ser escuchado (cuánta sabiduría encierra esta gente y cuánto se desperdicia con su olvido).

Me emociono al pensar en el ofrecimiento de José Murillo en su pequeño piso de Madrid, donde su hijo, recién operado, pasó toda la sesión fotográfica de pie por no ocupar espacio…o cómo Pedro Alcorisa y su mujer, me abrían sus puertas pocos días después de ser robados en su propia casa por un chorizo cobarde. O ver cómo María Soto me recibió recién venida de la peluquería, regalándome sus mejores galas a cambio, nuevamente, de nada. O cómo Pilar García, la viuda de “Teo”, pasaba un mal momento y aún así se desvivió por la foto y por ayudarme a contactar con más gente. No podré olvidar a ese magnífico ser humano que es Valeriana Ibáñez, tan cálida y amigable y que en su día fue, todo a la vez, viuda con cuatro hijos y punto de apoyo en medio de la montaña de Peñagolosa (y nosotros nos quejamos). O Julia Gómez, hija de Julia Martín de la Fuente, persona inteligentísima llena de amor, llena de vida, pero necesitada de justicia. O los pequeños detalles de Isidoro Martínez y su mujer, que pensaron, casi ingenuamente, que debían pagarme las fotos que les había hecho, cuando debiera haber sido yo, de haberse pagado algo, el que tenía que poner la “pasta”. O esa comida en casa de Esteban Garví y su encantadora esposa, tan inesperada y espontánea para mí como necesaria y básica para él (desde entonces en mi casa comemos, o lo intentamos al menos, ese pudin con patatas). Porque no se puede pasar por alto, ser indiferente al trato tan hogareño de Martín Arnal y su esposa (media hora más en su casa y me voy convencido que formo parte de su familia), o el impactante talante, que festejé en mi interior, de Guillermo Berlanga. O la honestidad de Pedro López con sus ideas, que le impidieron negarse a la foto, aún cuando podía tener problemas en casa. No puedo dejar de hablar del incandescente Emencio Alcalá con ese vigoroso espíritu y por supuesto su más que magnifica esposa, o la bondad y esfuerzo sin límites de Adolfo Pastor, que no sólo se prestó para la foto, sino que me ayudó en todo lo posible y mucho más, o su gran amigo Santiago Herráiz, tan amigable, puro y genuino.

Siempre recordaré esa mujer valiente entre las valientes que es Trinidad Gallego, toda llena de ímpetu y voluntad, o la mirada enternecedora de Rafael Mellado, una persona harta de luchar por los demás (devolvámosle algo). Y el inagotable Pepe Navarro y su sorprendente vida y muchos otros como Miguel Garrido, José Martínez, Tario Rubio, Alejandro Barroso, Eugenio Coronado, Valentín Fernández y Carmeli Vargas que me hicieron sentir en deuda con la historia y con sus propios familiares. Y cómo olvidar esa tarde en casa de Francisco Martínez, que me aportó mucho más que un retrato importante dentro del trabajo, o cómo Juan Magraner y su esposa soportaron la sesión más larga que he realizado, sin añadir una palabra que no fuese de ayuda y cooperación, o esa mirada profunda de Victoriano Pradas que me estrecho su mano con fuerza y contundencia (hay gestos que lo dicen todo) y, por supuesto, esa “grande” de entre las grandes, Remedios Montero, con su carácter bondadoso acostumbrado a dar cariño sin mirar a quién, tristemente fallecida el pasado 25 de octubre de 2010.

No sería justo no acordarse de Teresa Dolz, de su mirada enternecedora y de su cariño hacia sus nietos, o de Francisco Cotillas, que elegancia de carácter y persona, o Manuel Martínez lleno, también, de vida, carácter y agradecimiento. Y desde luego no podemos olvidar a María Rodríguez y su impresionante historia de valor y valores, tan triste como épica que, lamentablemente, falleció el 9 de septiembre de 2010, dos días después de cumplir 90 años.

Todos ellos forman parte de una historia basada en el compañerismo, en el sacrificio individual y colectivo, en la lealtad a unas ideas, casi siempre justas y necesarias, en una lucha humana, siempre tremendamente desequilibrada, que sin embargo no les intimidó. Por ello quiero, a través de este trabajo, aportar mi granito de arena para intentar devolver parte del favor que nos han hecho, parte de lo que se les debe, porque otra cosa no es justa y nunca lo será.

También quisiera aprovechar estas líneas para agradecer enormemente el trabajo y dedicación actual de personalidades como Benito Díaz y su elegante talante, José Aurelio y su gran disposición, Adolfo Pastor, nuevamente, y su inestimable ayuda o Jaume Valls y su enorme espíritu de colaboración y sacrificio, (que nunca se acaben las personas como él porque las necesitamos, cada día con más urgencia). A asociaciones como el Ateneo Republicano de Paterna y Oscar Navarro y la Plataforma de Burjassot per la III República, que han estado a mi lado desde el inicio, o a La Gavilla Verde por su senda abierta durante años. A Juanjo y Alina, por su inestimable ayuda y colaboración. A Juan Catalán por su profesionalidad y esas largas charlas en el coche que tanto han aliviado. A Juanjo García que, como siempre, a colaborado conmigo desde el altruismo más puro y desinteresado con absoluta dedicación y profesionalidad. Y por supuesto, quiero agradecer a Salvador F. Cava, piedra angular del trabajo, que confió en mí ciegamente y esto, por supuesto, no lo olvidaré nunca.
Por último, pero muy especialmente, a mis hijos y mi esposa Ioana, que es la trabajadora invisible de este reportaje, ocupando un lugar que nadie ve, que nadie quiere y que nadie aprecia.

Para ellos, para absolutamente todos ellos, y como siempre, mis respetos.

EL LEGADO DE LA GUERRILLA

RECESIVO

RECESIVO

Quedarse quieto durante unos instantes para escuchar, mirar y reflexionar. Disponer de la posibilidad de ver la vida a través de los ojos de otras personas; gente que, como tú y yo, tienen sueños, esperanzas y deseos. Anhelos reprimidos que generan miedos, temores y rencores al darse cuenta de que todo, sin excepción, cuesta más de lo que vale. Y nada debería ser así, pero la gran mayoría pagamos un sobreprecio, no solo económico, por aquello que, literalmente, deberíamos tener al alcance de la mano. Pero de este modo, seguramente, tendríamos el tiempo para darnos cuenta de que somos capaces de crear nuestra realidad más inmediata desde el simple acto de visualizarla. Y por ello quieren dominar nuestro pensamiento, nuestras voluntades y sueños. Porque en cada uno de ellos se encuentra la llave de la vida plena. Una vida donde la felicidad es el motor y nunca el objetivo. Donde la evolución personal y espiritual (en su más extenso y variopinto concepto) se convierte en único y verdadero objetivo humano.

El hogar, también desde su más amplio espectro de posibilidades y formas, se transforma en la base de nuestra propia creación, en la fábrica de voluntades y sueños, en el gimnasio emocional y social donde podemos aprender a ver la vida, a pequeña escala, para mirarla después cara a cara y desde su más extensa amplitud; pero no quieren. Necesitan que sigamos necesitando, olvidando, ignorando y recreando una sociedad indigna, donde los valores se confunden y camuflan en maliciosos y complejos vericuetos para, de este modo, hacer que la verdad y la realidad, parezcan complicadas y socialmente inaceptables. Utopía es su ópera prima.

Ahora tienen que rematar el trabajo minucioso, lento y constante. Siglos de manipulación y mentiras, eficientemente convergidas, nos han llevado a lo que hoy llamamos crisis recesiva. Y mientras, el resto, nos miramos, sin vernos, en los espejos de nuestra propia decadencia.

Rafa, María, Arturo, Maribel, Amanda, Ángel y José Antonio son los protagonistas de una historia basada en ellos mismos, en su día a día y en la cruda cotidianeidad que nos ofrece una país en convalecencia económica y social. Son un pequeño ejemplo de la realidad de millones de familias españolas que, como ellos, sufren las carencias económicas más severas, generadas por esta crisis, que los relega a la antesala de la indigencia o el desarraigo social.

Maribel de 41 años, por ejemplo, sabe de primera mano lo que significa el embargo de su vivienda y de su vehículo, un desdichado matrimonio de malos tratos y su posterior divorcio, trabajar durante más de media jornada a cambio de una nómina de 462€ que, a día de hoy, sigue sin cobrar, un reciente despido sin el pago de las nóminas atrasadas y todo ello con la responsabilidad de tener que educar a tres maravillosos hijos, dos de ellos, Ángel y Amanda, de 5 y 3 años.

Rafa, María y Arturo son otro ejemplo de disgregación social. A sus 42 y 35 años respectivamente, sin trabajo ni esperanzas y con una larga lista de sueños incompletos, siguen peleando por una vivienda digna, una alimentación completa y la educación de su hijo Arturo, de 10 años. Sin embargo se trata de una familia excelente, muy optimista y repleta de vigor.

José Antonio Sotillo es un hombre de cincuenta y siete años, resignado a vivir de la caridad de un centro de acogida. Un espacio que se ha convertido en su hogar, en su familia y en su perspectiva de futuro. Justo en el momento de su vida en que más tiene que ofrecer y enseñar, se ve relegado a una esquina de la sociedad.

La edad, en esta sociedad no perdona e, incomprensiblemente, pertenecer a la mediana edad es como una condena a cadena perpetua.

La realidad muestra, por lo tanto y día a día, que el lado más amargo, injusto o injustificado de la crisis, viene soportado por una parte de la sociedad muy concreta; una mayoría de personas que, hasta hace unos años, vivía con la constante falacia de las políticas globales y de una sociedad construida por y para el consumo.

Pero ellos, al igual que todos, también atesoran la capacidad de crear -sin límites ni limitaciones- otra realidad, otra oportunidad y otra forma de ver la vida.

RECESIVO

Reîntâlnire

Reîntâlnire

“Comienza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo” (Quino)

Volver al pasado con la conciencia tranquila, con la mirada un poco más cansada, pero evolucionada. Volver al reencuentro con uno mismo, orgulloso de quién has sido y de quién eres, de lo hecho y lo deshecho. Sentir ese cariño, ese calor, ese chispazo interior que parecía extinguido, agotado e incluso atrofiado. Notar que todavía tienes un pasado que te abraza, que te ama y que siempre o casi siempre estará ahí.

Es difícil expresar las sensaciones ajenas, los sentimientos de aquellos que un día se vieron obligados a dejarlo todo, a cargar con la nada y guardar su dignidad en un bolsillo. Es complicado hablar sobre gente que intenta día a día rehacer su mundo, reconstruir sus vidas y reformar sus familias, a la vez que aprenden, sin más opción, a pedir, a recibir y a obedecer.

Existen historias muy poco publicitadas sobre la victoria del espíritu, el triunfo de la mano vacía, sobre la épica de la dignidad, la grandeza de la humildad, la valentía del corazón y el poder del amor. Porque la vida, desde su más amplio espectro, también nos muestra héroes y heroínas de verdad, inmigrantes que, con su esfuerzo, humildad y valentía, no sólo se dignifican a ellos mismos y a su propio pueblo, sino, irremediablemente, a todos los demás, dándonos una lección de civismo y pluralidad dignos de más de un telediario.

Corren tiempos difíciles, no sólo para ellos; tiempos apropiados e incluso necesarios para los pensamientos positivos, para las actitudes y actos solidarios, para cambiar hacia un espíritu tranquilo con el entorno y con uno mismo (cómo cansa saber que siempre necesitamos lo mismo y nunca lo conseguimos). Quien aún así piense que esto no es necesario, que abra los ojos y mire el presente o que los cierre y se trague el futuro.
En esta ocasión, esta historia narra el lado opuesto y existente de la inmigración, el primer reencuentro de una mujer y sus dos hijos con su tierra natal y sus seres queridos. Un reencuentro tras años de duro trabajo y sacrificio, que no sólo han cambiado felizmente su propia vida, sino también, la de los demás.

Para todos los “héroes y heroínas”, que como mi mujer y mi familia, no sólo han aprendido a luchar en la vida, sino contra ella.

Para ellos, para todos ellos, mis respetos.

Reîntâlnire

PAIKINKI

PAIKINKI

Corazón de corazones, tierras indias del Paititi a cuyas gentes se llama in-dios todos reinos limitan con él, pero él no limita con ninguno.

Estos son los reinos del Paititi donde se tiene el poder de hacer y desear, donde el burgués sólo encontrará comida y el poeta, tal vez, pueda abrir la puerta cerrada desde antiguo del más purísimo amor. Aquí puede verse, sin atajos, el color del canto de los pájaros invisibles. (escrito Jesuita del siglo XVII)

Dicen que toda leyenda esconde algo de realidad y que toda realidad tiene algo de leyenda. Existe, por lo tanto, una realidad que cuenta una leyenda acerca de una mítica ciudad. Una ciudad creada durante la llegada de los Españoles al Perú por el Inca Choque Auqui en el corazón de la selva amazónica. Un lugar donde el último “Sapaj Inca” (gobernador Supremo) reinó en la clandestinidad protegiendo los grandes tesoros de un imperio.

Hoy esa zona es habitada por indios hostiles no contactados, escondidos del colonizador que, tan sólo, pretende la explotación natural sin miramientos sostenibles. Un poco más afuera está la comunidad indígena Machiguenga; jóvenes indios en contacto con el mundo exterior que sirven de guías a todos aquellos caza tesoros que pretenden lo inaccesible. Fuera de la selva, los guardas de la reserva Nacional del Manu, limitan la entrada, pero el bosque es muy grande y pocos los recursos para proteger lo que debería ser un auténtico patrimonio de la humanidad, la selva.

Paititi o Paiquinqui, en quechua, envuelve de leyenda y misticismo a la selva y a sus gentes. Un misterio que, según los propios Machigengas, esconde una ciudad “habitada por hombres vestidos de blanco y gobernada por una mujer” (¡!).

La realidad, mi realidad, mezcla estas leyendas y tabúes y las hace verosímiles, pero siempre con el corazón como guía y el espíritu como visión. Porque una vez más, nuestro lado más avaro, prefiere creencias sobre ciudades llenas de oro que simples chozas repletas de enseñanzas y sabidurías. Porque todavía valoramos más el descubrimiento de una simple piedra agujereada que la palabra del indígena que ha pasado mil veces por encima de ella. Pero lo más triste llega al ver como se sigue buscando “El Dorado”, incluso comprando grandes extensiones de terreno, y mientras, los indios, se mueren de enfermedades “colonizadoras” por no haber 50€ mensuales para la movilidad de un médico.

Por el cambio, por ese cambio que haga de nosotros personas conformes con lo aprendido durante el camino, y no necesariamente al final de este, porque quizás, lo que no exista, sea el propio final.

PAIKINKI

LA SAL DE LA TIERRA

LA SAL DE LA TIERRA

Más allá de los repetitivos movimientos políticos de uno y otro lado, que sólo pretenden crear cierta sensación de elección. Más allá de todo radicalismo y alternativismo, ya demasiado mediatizados. Muchísimo más allá de nuestra supuesta evolución social, se encuentra nuestro poder de decisión, nuestras desperdiciadas capacidades humanas que, poco a poco, van atrofiándose en pro de un difícil y complejo discurso mediático.

Va siendo hora de despertar, de mirar al futuro con la conciencia tranquila, con la mente limpia y preparada para superarse día a día. Va siendo hora de aprender a ser más humildes, a dejar de un lado nuestro disfraz cosmopolita e intentar crear una sociedad digna, donde los valores no sólo se estudian día tras día, sino que también, y esto es lo más importante, se llevan a la acción.

Dicen que el universo y el ser humano son la misma cosa pero con escalas diferentes. Quizá por eso han habido grandes personas que han mirado al cielo y se han visto a ellos mismos. A lo mejor, en ese momento, en esa estrecha relación con nuestro “yo” más inmenso, hemos creído más en nuestra especie que en ningún otro momento de la vida.

En esta ocasión, mi trabajo, pretende dar a entender, al menos a mí mismo, que la vida y la evolución se desarrollan y se mejoran con aspectos tan básicos y primitivos como la convivencia total con el entorno, la necesidad imperiosa de tratar de usted al medio ambiente, la absoluta confianza que todos debemos atesorar en nosotros mismos.

Cuando decidí fotografiar a trabajadores y artesanos con métodos tradicionales, fue porque veía en esta gente a personas especiales, no por su forma de vivir, sino por su forma de ver la vida. La Sal de la Tierra sólo es un pequeño ejemplo de que es posible otra sociedad. Una sociedad donde cada cosa tiene su tiempo y su momento y jamás se pretende algo sin haberlo merecido antes. Y aunque no sea necesario irse a los extremos, sí es importante que miremos un poco más a nuestro alrededor y sepamos aprender, no sólo de nuestros errores, sino también de nuestras virtudes.

Para todas aquellas personas de buena voluntad, que creen y llevan a cabo sus ideas, mientras compran el pan.

LA SAL DE LA TIERRA

INKARRI

INKARRI

Las imponentes montañas de la sierra de Paucartambo encierran entre sus flancos y farallones la memoria de un Imperio solar, el recuerdo de aquellos constructores de piedra y oro; de la magia encerrada en sus ancestrales leyendas; del conocimiento misterioso para vencer el clima y las heladas cumbres de la cordillera.

El recuerdo del Inca yace en las montañas de Q’eros, pueblo sagrado que vive prácticamente aislado en los Andes del Cusco, y cuyo origen directo en el Imperio del Tawantinsuyo, es indiscutible.

Cinco comunidades que mantienen contacto entre sí, ubicadas en zonas geográficas que van desde la Puna Alta (5.000 mts.) a la ceja de selva (2.000 mts.). constituyen lo que podríamos denominar el “Reino Q’ero”, ubicado en el sector noreste de Paucartambo, tras las vertientes de la cordillera oriental de la cadena del Vilcanota.

Hatun Q’ero es el centro principal del reino. A 3.500 metros de altura, el paisaje que apreciamos es impactante y conmovedor. Desde allí se observa el descenso a la selva, en dirección al Madre de Dios, donde las leyendas señalan la ruta perdida de los incas hacia Paititi o El Dorado.

Las leyendas sostienen que con la llegada de la conquista española en el siglo XVI, y el consecuente fin del Imperio que se hallaba incluso en una verdadera guerra civil entre Huascar y Atahualpa por el dominio del poder absoluto, Choque Auqui, presunto hermano de ellos, huye con un grupo de Maestros y Sacerdotes al Antisuyo, aquella región de la selva de Madre de Dios, donde Tupac Yupanqui intentó expandir los territorios del Imperio sin mayor éxito.

Sería en esta selva inhóspita donde Choque Auqui fundaría con los sobrevivientes del Tawantinsuyo la mítica Paititi o El Dorado, la última ciudad inca. Choque se coronaría como el Sapaj Inca , “Gobernador Supremo”o Inkarri (Inka Rey)

Según los Q’eros, aquellos que no continuaron hacia la selva en la mítica huida, se quedaron en la montañas como los “guardianes de la ruta perdida”. Desde entonces, ha transcurrido más de cuatro centurias, y los hombres y mujeres Q’eros continúan allí, trabajando el campo y construyendo sus viviendas como en los mejores tiempos del incanato.

Richard González.

INKARRI